Las relaciones humanas son las que hacen o deshacen un despacho de abogados porque en estos, como empresas de servicios, no podemos contar con el recurso de cargar responsabilidades sobre las máquinas. Las personas son el mayor activo de la empresa, aunque el lenguaje traiciona a las buenas intenciones cuando hablamos de “pasivo laboral”, entendiéndolo como una carga que la empresa (que en sí misma no existe) sobrelleva.

Saber tratar a las personas que integran una organización es la clave para obtener éxito. Porque si solo nos preocupamos por vender o tener un buen servicio/producto, pero no nos ocupamos de las personas que lo trabajan u ofrecen, no estamos teniendo en cuenta todos los componentes de este servicio. Al fin y al cabo, lo que diferencia a las empresas no es lo que hacen sino cómo y quién lo hace.

Se ha hablado y se seguirá hablando mucho de la gestión del talento. Ahora se llama así. Antes se llamaba gestión de personas, recursos humanos, personal, etc. No importa cómo se llame al tema en cuestión, lo cierto es que seguramente las relaciones humanas son la gran asignatura pendiente en el ámbito laboral. ¿Por qué? Porque las personas somos imprevisibles, tenemos necesidades cambiantes, pensamientos múltiples, influencias de todo tipo y ello hace que relacionarse sea complejo en todos los ámbitos y más en el laboral, puesto que es el ámbito en el que hay más presión, competitividad y cambio.

Suelo comparar la empresa a la familia. Las familias no son todas iguales, están constituidas por personas distintas, actualmente conformadas, además, por personas de muy distintas procedencias y modelos. En el ámbito familiar, en el cual existe el factor “amor” que supuestamente debería servir para que las discrepancias fueran resultas rápidamente por el bien de la relación, y en el cual, además, compartimos nuestro tiempo con personas supuestamente afines, a veces nos encontramos con largas disputas, problemas irresolubles e inconvenientes de todo tipo. Estas situaciones suelen o bien resolverse porque el sentimiento que une a las personas que conforman la estructura familiar puede con la negatividad, o bien las personas se separan y buscan nuevas estructuras en las que encajar.

En el ámbito laboral, además de la presión, la competitividad y el cambio continuo, no tenemos lazos personales tan fuertes que favorezcan la convivencia y la colaboración, por lo cual, las “rupturas” son más comunes y se enmarcan en un ámbito de normalidad cuando no debería ser así.

Se habla de liderazgo, de estructura transversales, de flexibilidad, etc, pero lo cierto es que aunque existen muchos estudios y teorías, la realidad no suele ser plácida.

¿Qué es lo que falla en determinadas relaciones en el ámbito laboral? ¿Por qué es difícil conseguir harmonía, compromiso, evolución, implicación?

¿Por qué, a pesar de hallarnos ante profesionales de currículums impecables, no conseguimos que se creen sinergias entre unos y otros?

La razón se encuentra en la falta de inteligencia emocional de muchos y en especial de algunos de aquellos que figuran en las primeras líneas del organigrama.

Hay quien dice que la productividad depende del conocimiento, del método, de los medios… No, la productividad, el cumplimiento de objetivos, el éxito en definitiva, dependen básicamente, de cuan reconocida y apreciada se sienta una persona en su ámbito laboral.

Porque la palabra mágica es el reconocimiento. La sensibilidad en la relación responsable-colaborador es una pieza fundamental de la fidelización de los empleados. Las personas necesitamos saber que somos útiles, que hacemos las cosas bien, que quien nos corrige lo hace para que seamos mejores no para violentarnos o fastidiarnos. En definitiva, todas las personas necesitan sentirse apreciadas tanto en el ámbito de las relaciones personales como en el laboral.

La inteligencia emocional facilita la convivencia y la colaboración en todos los ámbitos y, curiosamente, es la única habilidad, disciplina, conocimiento que no se enseña en ninguna escuela, universidad o centro educativo. Parece que, a pesar de ser conocedores de su importancia, todavía no la hemos elevado a la categoría de “necesaria” para vivir una vida plena y feliz en cualquiera de nuestras áreas de desarrollo. Por ello, damos más importancia a los conocimientos establecidos (es decir, las materias que todos estudiamos en nuestra formación) que a la habilidad de relacionarnos entre las personas a través de las emociones de manera saludable. Si los conocimientos fueran lo más importante para el desarrollo empresarial, sería fácil sustituir a las personas por las máquinas, que dicho sea de paso poseen mucho más conocimiento acumulado por individuo que nosotros.

¿En qué consiste la inteligencia emocional en el trabajo?

Consiste en mirar a los demás como personas que son, con sus necesidades, anhelos, ambiciones, sentimientos, etc. Esto no significa que haya que convertir las empresas en un club de amigos y que no se exija el cumplimiento de objetivos. Significa que debemos conocer a nuestros colaboradores, saber qué les motiva, qué les preocupa, qué necesitan, para poder crear dinámicas que favorezcan que las relaciones entre ellos sean fluidas, colaborativas, y contribuyan al objetivo común: que el despacho de abogados crezca, consiga mejores resultados y permita el progreso de sus socios y profesionales.

© Iolanda Guiu, consultora de gestión del talento y asesora en marca personal, Barton Consultants. Artículo publicado en Actualidad Jurídica Aranzadi, núm. 956